Opinión

Sobre Perico Sambeat. José Juan Pamblanco

pamblancoRecuerdo perfectamente la primera vez que escuché “Ademuz”, uno de los discos iniciales de Perico Sambeat a finales de los noventa. Intentaba adentrarme en el jazz a la búsqueda de nuevos sonidos que me proporcionaran el placer estético que ya no encontraba en el trillado mundo del pop. El álbum se abría con la desgarrada voz de Enrique Morente sobre una base de percusión y electrónica, y de repente entraban los vientos con una fuerza inusitada. Qué intensidad, qué pasión, qué manera de tocar. Allí estaban algunos nombres hoy consagrados en la escena jazzística internacional: Mark Turner, Brad Mehldau, Kurt Rosenwinkel, Jorge Rossy, Guillermo McGuill… Pero sobre todo Perico, componiendo e interpretando.
Fue todo un descubrimiento; desde entonces no he dejado de seguirlo en multitud de discos y conciertos y nunca ha dejado de sorprenderme.
Cuando uno va a escuchar a Perico tiene una certeza y una incógnita. La certeza es que no te va a defraudar, que el concierto será intenso y que vas a disfrutar. La duda es que nunca sabes por dónde te va a salir. Sus solos son tan originales, tan imaginativos, tan arriesgados a veces que la sorpresa es un factor siempre presente en sus conciertos.
Otra de sus características es su espíritu inquieto y su amplitud de miras. Autodidacta, innovador pero siempre respetuoso con la tradición del jazz, gran improvisador; ha abordado multitud de proyectos, en ocasiones radicalmente diferentes entre sí desde el punto de vista estilístico y siempre los ha superado con buena nota. Igual se rodea de músicos consagrados que de jóvenes con talento que encuentran en él un referente insuperable. Bebop, flamenco, funky, baladas… Perico puede con todo y a todo lo que hace le aporta su sello personal y su sabiduría.
De haber nacido y desarrollado su carrera en un país escandinavo o anglosajón, después de tantos y tantos conciertos, de sus veintiún discos como líder y casi cien como sideman, sería una figura nacional en el mundo de la cultura, reconocido y apreciado. Pero estamos donde estamos y hay lo que hay. No es cuestión de lamentarse; es cuestión de conocerlo, de escuchar su música y de disfrutar con ella. El placer está asegurado.

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Sobre las dificultades de los estudiantes de jazz. Paco Soler

paco soler 2Hace unos días, un joven alumno saxofonista me planteó la duda sobre la decisión de enfocar sus estudios superiores al clásico o al jazz.
Esto me llevó a reflexionar sobre la situación en la que se puede ver un estudiante, a día de hoy, a la hora de encaminase hacia unos estudios superiores de música.
Echando la vista atrás, tener la opción de acceder y lograr la titulación superior de jazz, de manera equiparada a la clásica, demuestra que se han dado pasos que, aunque pequeños e insuficientes, nos llevan hacia una situación impensable hace no demasiados años.
Hasta entonces, recibir una formación en jazz, aunque de manera no reglada, era posible gracias a diversas entidades privadas como escuelas de música, asociaciones o colectivos profesionales, a través de los cuales ha sido posible la consolidación de músicos en el ámbito jazzístico nacional. La mayoría de estas instituciones han funcionado, y siguen haciéndolo hoy en día, con recursos propios y con poca, o ninguna ayuda de organismos públicos.
El jazz ha estado olvidado de la programación educativa musical en España durante muchos años, exceptuando comunidades como Cataluña y País Vasco a las que les avala una larga trayectoria en formación y aportación profesional al jazz español. Ambas comunidades cuentan con grandes músicos de gran prestigio y experiencia notable que imparten sus conocimientos a aquellos que quieren formarse en este estilo musical.
Desde hace unos años van sumándose algunos centros que ofrecen estudios superiores de jazz. Tal es el caso del Conservatorio Superior de Valencia, en el que realicé mi segunda formación profesional musical, esta vez en el ámbito del jazz, y donde tuve la suerte de encontrar a grandes profesionales que me permitieron conocer no sólo aspectos puramente musicales, sino también ser consciente de la realidad sobre el sector, y así desarrollar una visión crítica del planteamiento actual de los estudios superiores en jazz en este país.
Uno de los principales errores, bajo un punto de vista personal, es llegar a implantar un grado superior de jazz sin haber establecido y llevado a cabo una planificación previa que permita consolidar el nivel base de acceso y que iguale los conocimientos de los estudiantes que aspiran a acceder a la titulación, como coloquialmente diríamos, es un “comenzar la casa por el tejado”. Por otra parte, es importante asumir que la iniciativa de regular estos estudios e igualarlos a los superiores de titulación clásica es un paso muy significativo, pero que en la práctica ha resultado de difícil aplicación; aunque no imposible, sobre todo gracias a la labor del profesorado.
Después de unos años ya contamos con un criterio de selección más o menos establecido, pero sigue sin haber suficientes escuelas donde recibir la formación previa al grado superior, donde adquirir conocimientos básicos de jazz (improvisación, armonía, lenguaje, repertorio, etc.).
La realidad nos sitúa frente a la escasa oferta y difícil acceso a esos estudios previos.
Probablemente una de las soluciones pasa por implantar un grado medio de jazz en los conservatorios profesionales (algo que se plantea difícil viendo la situación política, social y económica) o animar la iniciativa privada, en coordinación con los centros superiores, estableciendo unos conocimientos mínimos con los que acceder.
Creo que sería importante enfocar el trabajo hacia esa etapa previa, con el objetivo de conseguir con el tiempo un equilibrio entre la formación clásica y la jazzística, sobre todo en cuanto a las posibilidades y el nivel de acceso a esta última.
Se trata de ofrecer las mismas posibilidades de formación a aquellos que desarrollan su creatividad a través de la música sea cual sea el estilo.
Así pues, tras esta reflexión, me doy cuenta de que la decisión a la hora de elegir qué camino tomar debe basarse más en algo menos racional. El planteamiento sería sobre qué puede aportarle a uno mismo cada estilo y qué puede cada uno llegar a ser capaz de aportar a la música en general.

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Sobre talleres y cursos de Jazz. Andrés Lizón e Isaac Martín

lizonIMG_5065Siempre se dijo que el jazz es la más popular de las músicas cultas y la más culta de las músicas populares. Y probablemente hay algo de verdad en ello, pero ¿hasta cuándo vamos a seguir haciendo estas clasificaciones? Probablemente sea cierto que hay músicas que requieren de un mayor esfuerzo y educación para entenderlas y disfrutarlas en su máxima expresión. Pero este antagonismo entre popular y culto parece que va necesitando ser redefinido. ¿Es inherente a la cultura ser patrimonio sólo de unos pocos? Hasta hace relativamente poco y especialmente en nuestro país, la música denominada culta se aprendía en conservatorios y academias con mayúscula; mientras que la humilde música popular se iba aprendiendo donde uno buenamente podía. El cambio de paradigma viene con la difusión creciente que ha venido teniendo el jazz en las últimas décadas. Recordemos que el jazz surge del encuentro más o menos amigable entre el proto-blues de los esclavos e inmigrantes afroamericanos con los músicos de tradición académica europea. Es decir, de la combinación de la inmediatez de la improvisación casi tribal con la sofisticación y la complejidad reflexiva de la música del viejo mundo; de lo popular y lo culto. Y como en todos los mestizajes se genera una nueva riqueza común. Por un lado los improvisadores cuentan con cada vez más herramientas para expresarse, y por el otro, “la academia” recuerda algo que había perdido en su afán de separar cada vez más a compositores e intérpretes: que no se domina un lenguaje si no se es capaz de hablarlo, leerlo y escribirlo.
A medida que se ha evidenciado este hecho, el jazz se ha ido introduciendo paulatinamente en los circuitos de enseñanza oficiales y extraoficiales, obedeciendo cada vez más a una demanda y menos a una carencia. Actualmente en la provincia de Alicante contamos con una oferta creciente de cursos, seminarios, escuelas y academias donde satisfacer las demandas cada vez más exigentes de músicos y oyentes a nivel formativo.
No queda tan lejos el primer taller de jazz que organizó la Universidad de Alicante. Fue en el año 2006 y para ello contó con todo un referente del jazz nacional como el saxofonista y director valenciano Ramón Cardo. En una provincia dónde durante mucho tiempo el jazz se ha limitado a ser un mero adorno que se mostraba en las programaciones culturales de los meses estivales y con una escena totalmente desestructurada, la importancia de estas iniciativas no se debe valorar únicamente por el trabajo didáctico que puedan tener los cursos en sí. Su importancia radica en que permiten generar espacios en el que los músicos pueden interactuar, conocerse, generar nuevos proyectos y desarrollarse.
En éste momento hay dos talleres de la UA relacionados con esta materia, el taller de combo de iniciación al jazz que imparte Lolo García y el taller de introducción a la historia del jazz conducido por Gabriel Mirelman. Parece que algo está mejorando en la provincia. Muestra de ello es que el taller de Jazz impartido por Fabio Miano y Pierre León en El Campello ha llegado a su IV edición, la enseñanza de la música moderna está apareciendo en sociedades musicales como La Paz en Sant Joan o Sifasol en Benissa, los seminarios que han organizado Nyas Jazz en Altea o Walking Music en Villena, la creación de la escuela Casa Sofía en El Altet o la aparición del Refugio Jazz Club en Sant Joan. Es de agradecer la labor de músicos y aficionados, que con un apoyo institucional residual o en muchos casos inexistente, están provocando un cambio espectacular en el panorama del jazz en la provincia.

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